Bangkok te impacta de inmediato. Tráfico. Calor. Olores de comida. Tuk-tuks. Templos. Rascacielos. Es una sobrecarga sensorial.
El Gran Palacio brilla con tonos dorados: turístico, abarrotado, impresionante. Wat Pho alberga el gigantesco Buda reclinado. Wat Arun, al otro lado del río, capta la puesta de sol a la perfección.
La comida callejera es la verdadera atracción: Yaowarat (Chinatown) por la noche, el mercado de Chatuchak, un sinfín de puestos de comida. Comidas de 40-150 baht. Auténticas, baratas, deliciosas.
Los bares en azoteas ofrecen un respiro: Sky Bar, Octave, Vertigo. Caros (cócteles de 400-600 baht), pero con unas vistas del horizonte impresionantes.
Bangkok sirve como punto de entrada. Pero las islas llaman. Todo el mundo acaba marchándose.
Koh Tao para bucear: la certificación PADI más barata del mundo (entre 10 000 y 12 000 baht con todo incluido). Aguas cristalinas. Tortugas. Ambiente mochilero.
Koh Phangan para la Full Moon Party: más de 10 000 personas en la playa, cócteles en cubos, espectáculos de fuego. Caos mensual. También retiros de yoga tranquilos en la zona norte. Las contradicciones coexisten.
Playa de Railay, accesible solo en barco: acantilados de piedra caliza, paraíso de la escalada, cuatro playas conectadas. Impresionante, pero muy concurrida.
Koh Lipe es las «Maldivas tailandesas»: arena blanca, aguas cristalinas, snorkel desde la playa. Muy al sur, estacional, cara para los estándares tailandeses, pero merece la pena.
Cada isla tiene su personalidad. Samui = complejos turísticos. Phi Phi = fiesta. Lanta = familias. Tao = buceadores. Elige según tus preferencias.